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lunes, 20 de junio de 2011

El caminante


Me alejé de la ciudad corriendo para refugiarme de la crueldad de la vida. Cuando me reconocí desquiciado, ya me encontraba en la entrada de un gran bosque. Con las lagrimas en el rostro y la ira en el corazón me senté a desentrañar la vida de mentiras en la que estaba metido. Pasaron minutos y la luna miraba por encima de los árboles. Un crujido detrás me hizo virar. Un hombre inclinado en sus rodillas recogía un fruto que no reconocí. Se estiró hasta alcanzar la luz de luna, miro el fruto por encima de su cabeza, lo sopló y con una gran sonrisa se puso a caminar tambaleándose en dirección al bosque, mientras limpiaba la fruta en las tiras que usaba por ropa.

Así me levanté y a cada paso que daba me olvidaba de todo. Y así mi pasatiempo favorito se volvió el recoger frutos muertos de vidas arruinadas bajo la luz de la luna que se alza sobre los árboles de los bosques. 


Juan de Cora